El Testimonio de Sabri

Mi historia comienza en la ducha, allá por 2015. Durante un baño, me palpé una bolita extraña en la parte inferior de mi pecho derecho. Tenía 27 años, sin antecedentes familiares y nunca se me ocurrió pensar lo que se venía.

Después de varios estudios y un par de meses visitando médico tras médico, llegó el diagnostico. “Carcinoma ductal invasor” decía el resultado de la biopsia. Tenía 3 nódulos de entre 5 a 3 cm y miedo, mucho miedo.

Mi tratamiento comenzó con 8 quimios para intentar reducir los tumores y conservar la mama a posterior. Pero cuando llegó el momento de la operación, a pesar de que los resultados de las drogas habían sido muy buenos, los doctores entendieron necesaria la mastectomía radical con vaciamiento axilar. Me recomendaron también no colocar el expansor, ya que mi tratamiento debía continuar y aseguraban que así sería mejor. Todavía debía hacer rayos y más quimios.

Los meses posteriores a la mastectomía fueron muy difíciles. Y no me refiero a los dolores… No reconocía mi cuerpo, rechazaba la imagen que me devolvía el espejo. Ya no miraba mi reflejo, ni al ducharme, cambié mi postura, mi forma de vestir, todo para ocultar lo que faltaba. ¿Saben porque lo hacía? Pensaba que si yo me rechazaba los demás también iban a hacerlo.

La aceptación fue un proceso largo, que incluyó terapia, nutrición, fisioterapia y la búsqueda de las prendas que me ayudarán a sentirme y verme mejor. Al tiempo descubrí a Hijas de María y su línea de lencería adaptada para mastectomía. Compré mis primeros corpiños, mi prótesis externa y comencé a sentirme mejor y aumentar mi confianza. El ciclo lo cerré el año pasado, cuando me propuse hacer una sesión de fotos antes de empezar a planear la reconstrucción, para mostrar el cáncer desde otro lado, informar y contar mi historia. Fue movilizante, una experiencia hermosa que me ayudó a verme de otra manera. Me ayudo a entender que la reconstrucción no era lo que necesitaba, solo me hacía falta aceptar mi cuerpo tal como es.

Entendí que soy hermosa así, que mi cicatriz es solo parte de mi historia, es lo que soy hoy. Que el amor propio sana, que nadie puede decirnos cómo es el cuerpo perfecto, que todos los estereotipos y los mandatos sociales solo nos hacen sentir más fuera de lugar. Desde chicas escuchamos y vemos que el cuerpo “perfecto” de una mujer tiene un lindo par de tetas, buenas curvas, sin celulitis ni estrías y eso es lo q perseguimos ciegamente todo el tiempo. La sociedad y los medios de comunicación nos muestran parámetros, algunas veces inalcanzables e irreales sobre la perfección. Y así es como nos generan estos miedos o tabúes que acompañan a las mujeres y también al cáncer, de quedarse pelada, perder o ganar kilos o hasta perder un pecho.

Creo que la falta de información real, los estereotipos y los tabúes son los que nos empujan a escondernos, a ocultarnos detrás de una peluca, un pañuelo o detrás de una prótesis. Sueño no solo con el día en que no haya más cáncer en el mundo, también con el momento en el que nos amemos por lo que somos, que dejemos de señalar al otro, que nos aceptemos con nuestras diferencias y donde ya nadie pueda imponer un ideal de belleza.

Hoy, ya 4 años después, me siento hermosa, confiada, sensual, amo mi cuerpo con todos sus “defectos”. Tuve cáncer de mama, tengo un solo pecho y así está bien para mí.

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